Del Baúl de los artículos más emblemáticos de KATANA es el que reproducimos a continuación. Fue escrito por Alonso Rosado Sánchez, Maestro de este Arte y miembro de las primeras generaciones de practicantes que hubo en México. Nuevamente su erudición e incomparable estilo para escribir quedan manifiestos en esta Joya…

La Foto Clásica, emblemática del Maestro Jigoro Kano…

LA LEYENDA DEL JUDO

Por Alonso Rosado Sánchez

En 1876, un joven de 18 años se inscribió a la Universidad Imperial de Tokio, Japón, con el propósito de estudiar literatura y ciencias económicas y políticas. Durante sus primeros días de colegio, aquél joven, de estatura modesta y complexión delgada, fue importunado por algunos estudiantes bravucones de grados superiores quienes, abusando de su musculatura y elevada talla, gustaban de cebarse en sus compañeros más débiles y de reciente ingreso.

El joven de nuestra historia, proveniente de una familia noble, decidió que de ninguna manera se dejaría humillar por aquellos individuos; pero, ¿de qué medios se valdría para protegerse? Como un destello de luz surgió en su mente la respuesta: ¡Ju Jitsu! El antiguo arte japonés de la defensa personal que capacitaba a un hombre de escasa fuerza física para derrotar a otro de vigor hercúleo, utilizando el ímpetu de su ataque.

¡Ya estaba! Aprendería Ju Jitsu. El no podía saberlo en ese momento, pero aquella decisión estaba destinada a influir sobre las vidas de incontables personas en el mundo, de todas las razas y niveles sociales, en los cinco continentes, porque el joven de quien estamos hablando se llamaba Jigoro Kano, quien, posteriormente crearía una de las artes marciales más completas y de mayor tradición: el JUDO.

Jigoro Kano a los 28 años de Edad

Jigoro Kano se dedicó, por lo tanto, a buscar a quien pudiera enseñarle el arte del Ju Jitsu. Esto no era fácil, pues los malos exponentes del Ju Jitsu, con su brutalidad y comercialismo, lo habían desacreditado hasta el punto de que el gran público lo rechazaba, considerándolo una práctica degradante. Los maestros genuinos y honestos del “Arte de la Suavidad” (que eso significa el término “Ju Jitsu”) eran ya muy escasos y difíciles de encontrar; pero este joven, armado con un gran entusiasmo, empezó sus indagaciones y logró conocer al profesor Teinosuke Yagi, quien le enseñó los rudimentos del Ju Jitsu. Jigoro Kano quedó fascinado al observar cómo, ejerciendo pequeñas presiones sobre determinados puntos de la anatomía humana y utilizando el impulso con que un agresor ataca, éste puede ser derribado y vencido con poco esfuerzo.

Luego, Jigoro Kano encontró a otros dos excelentes maestros: Hachinosuke Fakuda y Masatomo Iso, forjados ambos en las doctrinas de la antigua escuela de Ju Jitsu llamada Tenshin Shinyo Ryu. Los dos le transmitieron los profundos conocimientos que tenían de aquel arte. Tiempo después, conoció también al maestro Tsunetoshi Ikubo, magnífico exponente del renombrado estilo tradicional Kito Ryu, y de él aprendió también los secretos del “Arte de la Suavidad”.

Al mismo tiempo, el joven Kano estudió con ahínco los Densho, o manuscritos antiguos que contenían las enseñanzas de los maestros fundadores de varias escuelas de Ju Jitsu que en siglos anteriores habían florecido. Esos viejos documentos eran un verdadero tesoro de sabiduría marcial. En uno de ellos, por ejemplo, estaban las instrucciones detalladas para capturar a un rufián y atarlo con cuerdas. Las centenarias páginas de aquéllos volúmenes también contenían explicaciones acerca del hermoso principio del Ju o Suavidad, que también puede interpretarse como “no resistencia”, sobre el cual estaba fundado el arte del Ju Jitsu.

Jigoro Kano leía y aprendía con avidez, lamentando que aquellos preceptos filosóficos fueran tan descuidados o aún retorcidos por practicantes inescrupulosos de Ju Jitsu que utilizaban el arte para dar salvajes demostraciones y cobrar a los espectadores por presenciarlas, como si de un circo se hubiera tratado. En cierta ocasión, él mismo fue testigo de uno de aquellos espectáculos, en el que tuvo lugar el brutal encuentro entre un luchador de Sumo y un practicante de Ju Jitsu. Aquel cuadro le repugnó profundamente y en su mente empezó a tomar cuerpo la idea de dar a conocer a sus semejantes el principio del “Ju”, como fue en su origen, libre de impurezas y prácticas mercenarias. Pero, ¿cómo lo haría? Antes que nada, había que darle una presentación nueva, para que no se le identificara con el Ju Jitsu, acerca del cual existía una opinión tan desfavorable. Discurrió que, para ello, era necesario crear un sistema diferente que pudiera servir, no solamente como defensa personal sino también como cultura física y, esto era muy importante, como método para dar a los practicantes una formación moral que los inclinara a llevar vidas dignas, nobles y orientadas hacia metas superiores.

Entonces Jigoro Kano, de las diferentes escuelas y corrientes de Ju Jitsu que conocía, escogió las mejores técnicas y las modificó para despojarlas de la nota despiadada y cruda que muchas de ellas tenían. Luego, las clasificó en grupos de acuerdo al objetivo que perseguían . Surgieron entonces diferentes y grandes secciones: Nage Waza, Katame Waza y Atemi Waza.

    1.- Nage Waza, el arte de la proyección. Capacita al practicante para lanzar al suelo a su adversario rompiendo su equilibrio y se divide a su vez en dos grupos principales: Tachi Waza y Sutemi Waza.

  1. a) Tachi Waza, el arte de proyectar desde la posición de pie, se subdivide en tres ramas: Te Waza, o técnicas de mano; Koshi Waza, o técnicas de cadera y Ashi Waza, las técnicas de pierna y pie.
  2. b) Sutemi Waza, el arte de lanzar al adversario estando uno sobre el piso, tiene dos ramas: El Masutemi Waza, con la espalda sobre el suelo y el Yokosutemi Waza, con el costado sobre el suelo.

    2.- Katame Waza, el arte de luchar en el suelo, fue dividido por Jigoro Kano en tres ramas o grupos: Osae Waza, o cómo inmovilizar a un oponente; Shime Waza, las técnicas de estrangulación y Kwansetsu Waza, las llaves a las articulaciones.

    3.- Atemi Waza,el arte de atacar los puntos vitales del cuerpo humano, con dos subdivisiones:

  1. a) Ude Ate, los métodos de ataque a dichos puntos con la mano y el codo.
  2. b) Ashi Ate, los métodos de ataque utilizando el pie y la rodilla.

Jigoro Kano a los 40 Años…

Estaban también el adiestramiento en los Ukemis, o formas de caer sin lastimarse y el Kwatsu o técnicas de resucitación, para el caso de que un practicante, durante el entrenamiento, perdiera el sentido.

Después de terminar esa magnífica labor de clasificación y perfeccionamiento, Jigoro Kano preparó el cimiento moral sobre el que descansaría todo el edificio de su sistema. Este cimiento lo creó con dos principios filosóficos: Seiryoku zenyo, que significa “Máximo de eficiencia con el mínimo de esfuerzo” y Jita kyoei, que traducido es “Bienestar común a través de la ayuda mutua”.

El fundamento de estos preceptos, Seiryoku Zenyo , hace referencia a que las distintas técnicas de ataque y defensa del Judo deben aplicarse buscando el máximo de efectividad con el mínimo de esfuerzo físico. Jigoro Kano lo explicó así:

“Supongamos que la fuerza de un hombre parado frente a mí es de diez unidades; mientras que la mía, menor que la de él, es de solamente siete unidades. Ahora, si él me empuja con todo su vigor, seré derribado aún si utilizo toda mi fuerza para oponerme. Pero, si en lugar de resistir, cedo a su empuje retrocediendo en la misma medida que él empuja, conservando al mismo tiempo mi equilibrio, entonces él perderá su equilibrio hacia delante.

“En esta nueva posición, él queda tan débil, no en cuanto a su fuerza física sino en cuanto a lo inestable de su posición, que en ese momento aquella será sólo de tres unidades, en lugar de las diez que originalmente tenía. Yo, mientras tanto, por haber conservado mi equilibrio, mantendré mi fuerza completa representada por siete unidades. Será entonces cuando, siendo momentáneamente superior, podré derrotar a mi oponente utilizando sólo la mitad de mi fuerza, es decir, tres unidades y media contra las tres de él. Eso deja la mitad de mi capacidad disponible para que yo la use como considere conveniente, a fin de derribar y vencer a mi oponente”.

El principio descrito, Seiryoku zenyo, enseñaba Jigoro Kano, había que trasladarlo y utilizarlo también en la vida diaria, realizando todas las actividades y deberes con el máximo de eficiencia y el mínimo de esfuerzo.

En cuanto al segundo principio, Jita Kyoei o “Bienestar para todos a través de la ayuda mutua”, su comprensión empieza en el entrenamiento de las técnicas de Judo, si se reflexiona en que solamente puede progresarse en ellas con la ayuda del compañero de prácticas y él, a su vez, únicamente puede adelantar con nuestra colaboración. Así, en la vida, sólo dando y recibiendo, apoyando y siendo apoyados, compensando y siendo compensados, podemos avanzar y triunfar. El hombre egoísta, aquél que sólo quiere recibir sin dar nada a cambio, no obra en armonía con el principio de Jita Kyoei y, más tarde o más temprano, se verá aislado de sus semejantes e imposibilitado para adelantar. El practicante de este método, por tanto, deberá comportarse en la vida de acuerdo con este ideal de inegoísmo.

Con este doble e inteligente enfoque psicofísico el trabajo había quedado listo.

El Inigualable Jigoro Kano

¿Qué nombre le pondría al nuevo sistema? Como había emanado del Ju Jitsu, Jigoro Kano adoptó de ese nombre el primer vocablo, JU, que expresa “Suavidad”,como ha quedado dicho, y le anexó otro: DO, que quiere decir “Sendero” o “Camino”. El término completo, JUDO significa entonces: “Camino o Sendero de la Suavidad”. Pero puesto que el nombre de “judo” había sido ya utilizado por una de las viejas escuela de Ju Jitsu, denominada Jikishin Ryu, para distinguirla de ella le agregó la palabra KODOKAN, cuyo sentido es “Escuela para aprender el Camino”. Así, el nombre definitivo del método fue: JUDO KODOKAN, siendo su traducción: “Escuela para aprender el Camino de la Suavidad”.

Hacía un año, en 1881, que Jigoro Kano había finalizado sus estudios en la Universidad Imperial de Tokio, obteniendo el título de “Licenciado en Literatura y Ciencias Económicas y Políticas”. Corría ahora el año de 1882 y el flamante graduado, con casi 23 años de edad (había nacido el 28 de octubre de 1860 en Mikage, prefectura de Hyogo) pensó que había llegado el momento de dar a conocer el Judo, y para ello tenía que abrir una escuela.

Habló con los monjes del templo Budista de Eishoji y ellos, al conocer cual era la soberbia base moral del Judo, le permitieron usar una de sus estancias como Dojo (sala de entrenamiento). Jigoro Kano cubrió el suelo con doce tatamis, que eran una especie de colchones de paja de arroz forrados con lona, y así fundó la primera escuela de Judo Kodokan que hubo en el mundo.

El profesor Kano adquirió un grueso libro de páginas en blanco, encuadernado con pastas hermosamente decoradas con figuras de aves y follaje. En él registraría los nombres y datos generales de sus futuros alumnos. En la primera línea de la página inicial de ese histórico libro, que se conserva en el archivo del Colegio Kodokan en Tokio, aparece el nombre del primer alumno que se inscribió en la escuela: Tsunejiro Tomita. Luego, se pueden leer los nombres de otros estudiantes que formaron el grupo original alrededor del maestro y que luego llegaron a contarse entre los más famosos e ilustres Judokas de aquel tiempo, como Yoshiaki Yamashita y Sakujiro Yokohama.

En el comienzo sus alumnos eran solamente nueve, y el maestro Kano los instruía cuidadosamente en el sentido de que debían ser, no solamente excelentes en la ejecución de las técnicas del Judo, sino también modelos de comportamiento en su vida diaria. Así, muy pronto, aquellos estudiantes empezaron a destacarse por su vigor y salud y también por su carácter ecuánime y cortés.

El Gran Jigoro Kano en otra imagen clásica.

En breve llegaron más estudiantes y la escuela de Judo Kodokan se convirtió en el centro de atención de la ciudad, pues todos admiraban a los judokas, quienes también sabían conducirse en sus relaciones con los demás y que tan fuertes eran físicamente. Se hablaba elogiosamente de los principios morales de la escuela y se repetían sus lemas de “Máximo de eficiencia con el mínimo de esfuerzo” (Seiryoku zenyo) y “Bienestar para todos a través de la ayuda mutua” (Jita kyoei).

Por aquella época hubo una resurgimiento del viejo Ju Jitsu cuyos seguidores, en general, veían despectivamente al Judo y a quienes lo practicaban, porque pensaban que hombres “tan correctos” como los alumnos del profesor Kano, no podían ser buenos combatientes. En particular, había un maestro de Ju Jitsu llamado Hikosuke Totsuka, quien tenía un gran número de estudiantes. Algunos de ellos llegaron al extremo de querer provocar a los Judokas para medirse con ellos, pero estos tenían estrictamente prohibido por su maestro enzarzarse en este género de disputas y evitaban caer en el juego de los provocadores.

Entonces, en el año de 1886, cuatro años después del inicio del Judo Kodokan, ocurrió algo que vino a zanjar de una vez por todas el problema: el Jefe de la Policía Metropolitana de Tokio quería dar a sus hombres el mejor entrenamiento posible en defensa personal. Inmediatamente pensó en recurrir a uno de los dos más famosos maestros del momento: Jigoro Kano e Hikosuke Totsuka. Pero, ¿por cuál de ellos decidirse? ¿Sería mejor el Judo del profesor Kano que el Ju Jitsu de Totsuka, o viceversa? Sólo había una forma de averiguarlo. Preguntó al profesor Kano si estaba dispuesto a participar en un torneo contra la escuela de Totsuka. El profesor Kano aceptó enseguida. Totsuka, seguro de que obtendría la victoria, también convino gustoso.

Aquella sería una batalla tremenda y decisiva. Si el Kodokan salía derrotado, sería el fin del Judo, pues sería rechazado por las autoridades y por el público.

El día del gran torneo, cada una de las dos organizaciones envió a quince distinguidos alumnos que las representarían en la justa. Cuando llegó la hora, en el gimnasio de los cuarteles de la policía, el jefe de la misma y sus oficiales ocuparon los asientos frente al área de combate. Lo mismo hicieron los maestros Kano y Totsuka.

Entonces, en un ambiente de gran expectación, dieron principio los encuentros. El resultado fue asombroso: de los quince combates, los alumnos del profesor Jigoro Kano ganaron todos, menos dos que terminaron en empate.

Esa brillante victoria mostró, en forma indudable, la superioridad del Judo sobre todas las escuelas de Ju Jitsu, no solamente en cuanto a sus principios morales sino también con respecto a su técnica. El Jefe de la Policía de Tokio adoptó el Judo como entrenamiento oficial para sus hombres y el prestigio de la escuela Kodokan subió hasta el cielo.

Kyuzo Mifune (izquierda, sin duda el más famoso de sus alumnos directos) con Jigoro Kano (Derecha)

Por otra parte, el Ministro Japonés de Educación, estudiaba también cual podía ser el mejor sistema de cultura física que pudiera ofrecerse a los estudiantes del país. Cuando vio las demostraciones de Judo que le brindaron el profesor Jigoro Kano y sus alumnos y escuchó la explicación de sus fundamentos éticos, decidió que esa era la mejor opción que podía elegir e implantó el Judo (y también el Kendo, o lucha con espada) como método de educación física en las escuelas japonesas. Muy pronto, los jóvenes estudiantes de toda la nación practicaban entusiastamente el Judo.

El maestro Kano y los mejores de sus discípulos empezaron a realizar viajes al extranjero para difundir el Judo. Durante esas jornadas, el profesor Kano tuvo más de una aventura. Por ejemplo: en una travesía que efectuaba a bordo de un gran crucero a vapor, corrió la noticia entre los pasajeros de que él era el creador del Judo. En el mismo barco viajaba también un luchador ruso enorme. Los pasajeros aprovecharon la situación y comprometieron al profesor Kano para tener un encuentro con aquél. Se hizo espacio en la cubierta y los dos combatientes quedaron frente a frente. Los espectadores, anticipando una rápida derrota del maestro Kano lo miraban con pena, pues por la diferencia de su estatura con la del ruso, parecía como si David fuera a enfrentarse contra Goliat. Sin embargo, en cuanto comenzó la lucha, el maestro Kano se metió en la guardia de su oponente y lo proyectó con su movimiento favorito: el Ukigoshi, o lanzamiento de cadera. El ruso salió volando por los aires, pero lo más admirable fue que el profesor Kano tuvo aún tiempo para salvar la cabeza de su oponente de un espantoso choque contra la cubierta del barco, al colocar la palma de su mano exactamente en el punto de impacto.

Tan grande era ya para entonces la fama del Judo, que muchos hombres prominentes de diferentes países quisieron aprenderlo. Por ejemplo, a principios de siglo, el Presidente de los Estados Unidos, Teodoro Roosevelt, solicitó al maestro Kano un instructor para que se lo enseñara. Este respondió enviándole a uno de sus mejores discípulos, de aquellos que estuvieron con él desde el ya lejano día de la fundación del Kodokan: el famoso Yoshiaki Yamashita. Entre maestro y discípulo se desarrolló una sincera amistad. Como prueba de ello existe en los archivos de la Escuela Kodokan una fotografía que muestra al Presidente de los Estados Unidos, en traje militar, de pie junto a una roca, con la siguiente leyenda de su puño y letra:

“Prof. Y. Yamashita: Con la estimación de su alumno Theodore Roosevelt. Abril 13 de 1904”.

Hacía mucho tiempo que la escuela Kodokan había salido de su pequeño recinto en el templo de Eishoji, cambiándose a diversos lugares cada vez más espaciosos, hasta que en 1934, en el distrito de Suidobashi, Tokio, fue construido un gran edificio especial para albergar la escuela. La sala principal de entrenamiento era enorme, con 514 tatamis de área para practicar, en contraste con los 12 que hubieron en su espacio original del templo.

El Embajador del Judo, observen los aros olímpicos en su solapa. Uno de sus grandes logros fue haber introducido el Judo a las Olimpiadas.

El profesor Kano alimentaba un sueño: quería ver el Judo incluido en el programa de los Juegos Olímpicos. Así, en 1938, viajó a El Cairo, Egipto, para tomar parte en la reunión general del Comité Olímpico Internacional. Allá propuso a Tokio para que fuera la Sede de la próxima Olimpiada, la duodécima de la Era Moderna. Su propuesta fue aceptada: allá tendría lugar el magno evento y las puertas quedaron abiertas para negociar la inclusión del Judo como disciplina olímpica.

El maestro se había anotado otro gran triunfo, y éste fue como el coronamiento de su vida física, pues poco después de su regreso de una reunión que sostuvo en la ciudad del Cairo, Egipto, con el Comité Olímpico Internacional, a la edad de 79 años, el insigne creador del Judo falleció de neumonía el día 4 de Mayo de 1938 a bordo del S.S. Hikawa Maru, barco que lo llevaba de regreso a Japón. Sus discípulos quedaron desolados, pero prometieron, con su dedicación y esfuerzo, mantener vivo el fuego de los ideales del maestro.

En 1939 la terrible 2a Guerra Mundial dio principio. Ya no fue posible realizar los Juegos Olímpicos en Japón. Cuando terminó la conflagración en 1945, con la nación derrotada, el edificio de la escuela de Judo Kodokan en Tokio permanecía abandonado y desierto. Por sus corredores soplaba el viento helado de la desolación; pero los discípulos sobrevivientes del profesor Kano mostraron a los ejércitos vencedores cómo era el Judo y les hablaron de sus principios espirituales. Los oficiales y soldados quedaron fascinados y comenzaron a practicarlo. Pronto, el edificio del Kodokan fue limpiado, pintado y remozado. Otra vez resonaron en sus salas de práctica los estridentes kiais de los judokas, las voces de mando de los instructores y los ruidos secos de los cuerpos al romper las caídas.

En 1948, en medio del entusiasmo general se celebraró en Japón el primer campeonato de Judo de la postguerra.

Sobre el gran tatami iluminado por brillantes luces, reapareció el virtuosismo de los judokas expertos. Los espectadores, entre los que se contaban los más altos oficiales de los ejércitos extranjeros de ocupación, contenían el aliento cada vez que un participante era proyectado por un relampagueante Uchi Mata, un veloz Ippon Seoinague o un espectacular Tomoe Nage. Los fotógrafos de la prensa extranjera imprimieron sus placas y las publicaron en sus periódicos. El mundo volvió a interesarse en el Judo.

Aquel mismo año de 1948 en Londres, Inglaterra, se creó la Federación Europea de Judo.

En México, también en 1948, el profesor Daniel Hernández empezó a enseñar el Judo.

En 1949 nació la Federación Japonesa de Judo.

En 1951 surgió el Departamento de Judo de la Federación de Escuelas Superiores de Educación Física del Japón.

También en 1951 se organizó la Federación Japonesa de Judo y, en Europa, la Federación Internacional Europea de Judo.

De nuevo los expertos de la Escuela de Judo Kodokan surcaron los océanos y los espacios aéreos para difundir el Judo y, en 1964, el gran sueño del maestro Jigoro Kano se hizo realidad: los Juegos Olímpicos tuvieron lugar en Japón y en ellos quedó incluído el Judo.

Anton Geesink, Derecha…

El Legendario Anton Geesink

 

 

 

 

 

 

 

En aquella memorable ocasión, millones de personas en todo el mundo contemplaron a través de las pantallas de sus televisores, al gigantesco holandés Anton Geesink arrebatando la victora al valiente japonés Sone, en las finales de Judo, al pegarle la espalda al tatami durante 30 segundos, utilizando la octava inmovilización: Mune Gatame.

Actualmente el Judo, desplazado de la atención del público por otras artes marciales, ha sufrido un eclipse. Muchos dojos (escuelas de Judo) han cerrado sus puertas o han visto disminuir grandemente el número de alumnos; pero como sucede con todos los eclipses, éste también será pasajero. Algún día se multiplicarán de nuevo sus salas de entrenamiento, con sus grandes retratos del maestro Jigoro Kano en el sitio de honor. Sus dos principios espirituales y morales, piedras angulares del sistema que fundó, serán recordados: Seiryoku zen yo, máximo de eficiencia con el mínimo de esfuerzo, y Jita kyoei, “bienestar para todos a través de la ayuda mutua”.

Entonces LA LEYENDA DEL JUDO continuará, majestuosamente, su camino.